13/14 abril

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Juan Ant. Pujante: "Mis jugadores son un ejemplo de actitud"

22 Ene 2014
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En la siguiente entrevista desvelamos el éxito de la buena marcha del Cadete Clín. Gálvez y otros secretos de uno de los tipos más versátiles del club molinense.

Juan Antonio Pujante es, junto con Manu García, el último de los entrenadores en incorporarse al amplio elenco de técnicos principales de Molina Basket. Aunque debuta como técnico principal, en los años anteriores estuvo como ayudante en diferentes categorías e, incluso, como jugador durante una temporada. A continuación intentamos conocer un poco mejor su labor dentro del club.

 

Hola, Juan Antonio, en verano, ante la perspectiva de que pudiera crearse un tercer equipo cadete masculino, el club contactó contigo para ver tu disponibilidad. ¿Cómo fue ese primer acercamiento y cuándo se concretó todo?

Hubo dos momentos clave y, curiosamente, en ninguno de los dos estaba en Molina.

El primer contacto se produjo a través de un mensaje para preguntarme si estaría dispuesto a entrenar a un equipo cadete. Era el final de verano y me pilló paseando por la playa con mi mujer y mi niña. Creo que tardé menos de un segundo en contestar que sí.

La segunda fecha clave fue la última semana de septiembre. Inscribir a un tercer equipo cadete no fue una decisión fácil: había que analizar muchos factores para saber hasta qué punto sería viable a todos los niveles, sobre todo, en el plano deportivo. El día de la reunión definitiva yo estaba en un congreso en Sevilla; me pasé la cena pendiente del teléfono móvil y, justo antes del postre, me confirmaron que se inscribiría el equipo.

El equipo al que entrenas, el Clínica Dental Gálvez MB, tardó un tiempo en cogerle la medida a la competición. ¿Cómo afrontaste esos primeros meses?

Desde el primer día les expliqué a mis jugadores que ganar o perder forma parte del juego, pero que nosotros íbamos a competir cada día, en cada partido. Eso lo hicimos desde el primer momento. De hecho, los amistosos de pretemporada ya me demostraron que tenía un grupo con muchas ganas de jugar al baloncesto y, sobre todo, de mejorar.
Las tres primeras jornadas de competición nos tocó perder, pero esas derrotas eran parte de nuestra formación como equipo. Caímos contra los dos líderes de la competición por marcadores ajustados, lo que nos sirvió para aprender que en partidos oficiales nadie nos iba a regalar nada y que, si dábamos nuestro mejor nivel, podríamos competir contra cualquiera.

Sin embargo, a mitad de noviembre los chicos ya empezaron a saborear las victorias. ¿Qué mejoras crees que ha experimentado el equipo en esta docena de semanas aproximada que llevas al mando?

Todos teníamos que asumir un nuevo rol. Yo había sido ayudante de entrenadores varios años, pero esta temporada estaba solo al mando. Mis decisiones marcaban el camino del equipo y podían cambiar el rumbo de los partidos. Para bien o para mal.

Esa misma responsabilidad también tuvieron que asumirla los jugadores. Muchos están jugando su primer año de baloncesto federado y otros venían de desempeñar un papel secundario en sus equipos. Igual que ha pasado conmigo, han tenido que aprender que esta temporada ellos están al mando. Ellos son ahora quienes están en la pista, quienes disputan los minutos importantes de los partidos. Asumir esa responsabilidad no es fácil, pero mis jugadores lo están haciendo.

Las expectativas del equipo, a priori, eran una incógnita. Parece que tanto los jugadores como los padres/madres están bastante contentos con la trayectoria. ¿Cuál es la clave de este éxito?

La clave es la ilusión de jugar al baloncesto que tiene el grupo. En general, mis jugadores son un ejemplo de actitud; son puntuales en los entrenamientos, responsables en su compromiso con el equipo y muy poco egoístas en su comportamiento con los compañeros.

Sería difícil encontrar un grupo con tantas ganas de disfrutar jugando al baloncesto como ellos.

Aunque hay muchos puntos positivos en esta historia, seguramente también has encontrado algún inconveniente. ¿Qué te ha causado mayores quebraderos de cabeza?

En un primer momento, el problema fue la diferencia de niveles. Mi equipo era la mezcla más heterogénea posible para la categoría cadete: había jugadores de primer año y de segundo, unos debutantes y otros con varios años de experiencia, algunos con una técnica individual básica y otros con un nivel muy alto. En las primeras semanas no resultaba sencillo preparar entrenamientos que integrasen todos esos perfiles.

Sin embargo, el gran reto ha sido mentalizarnos de que todos somos importantes en este equipo. Los debutantes y los experimentados, los de primer año y los de segundo.

Dejamos ahora tu equipo y pasamos a comentar otros aspectos. Has pasado ya por muchos puestos en el club (jugador, ayudante, entrenador). ¿Qué te ha enganchado al baloncesto? 

El baloncesto reúne todas las características que me apasionan del deporte. Tiene el componente de superación individual, de dar el máximo cada día para ser un jugador mejor. Todo ese esfuerzo personal se integra en el trabajo colectivo, que es lo que realmente hace que un grupo progrese.

En los deportes individuales no existe la experiencia de compartir las emociones -buenas y no tan buenas- con los compañeros, lo que posiblemente es una de las mejores sensaciones que puede tener un deportista. Como deporte de equipo, el baloncesto permite además muchas rotaciones; los jugadores entran y salen de la pista con frecuencia por lo que siempre forman parte activa del partido.

Porque en baloncesto lo más importante es el equipo, pero todos los jugadores son fundamentales para el grupo.


¿Qué es lo que te ha acabado atrayendo "para siempre" del proyecto de Molina Basket?

Desde fuera, quizás eso de #FamiliaMB suene como algo pueril, pero creo que define muy bien cómo es este club. Aquí paso el día a día con gente con la que he compartido banquillo y vestuario, con jugadores a los que he visto crecer pasando de una categoría a otra y con personas a las que considero, ante todo, mis amigos. Ahora mismo creo que no estaría mejor en ningún otro sitio.

Has estado como ayudante de varios entrenadores del club. Cuéntanos qué has aprendido de ellos.

En Molina Basket he compartido vestuario con cuatro entrenadores. El primero fue Marcos Martín. Su vida está ligada al baloncesto o quizás sería más exacto decir que el baloncesto es su vida. O las dos cosas. Lo cierto es que traslada su intensidad a cada partido y a cada entrenamiento. Es tan apasionado que empatiza con todo lo que pasa en la cancha. Sin término medio. Me encantaría pensar que me he quedado con algo de eso, aunque Marcos es un personaje irrepetible. Reconozco, eso sí, que le he copiado varias jugadas.

El segundo fue Javier Aguilar, aunque con él sólo estuve unos partidos. Somos de la misma generación y jugué con él varias temporadas en cadete y junior. Además, también fuimos compañeros de clase en el instituto, así que nos conocíamos bastante antes de coincidir en el banquillo. Javi como entrenador me recordaba mucho a Javi como jugador: riguroso, metódico, trabajador y muy exigente con todo el mundo, sobre todo, con él mismo. Creo que eso es fundamental para poder mejorar.

El tercero fue Kini Hernández, con el que todavía colaboro en el Nacional. Kini demuestra una gran confianza en su trabajo, en sus sistemas y en sus decisiones. Eso es fundamental para dirigir un grupo. Quizás en ocasiones no exteriorice demasiado sus emociones, pero siempre está dando vueltas a qué es lo mejor para el equipo. Entiendo esa búsqueda personal y constante como una condición intrínseca a cualquier entrenador.

El cuarto fue Javi Piqueras. La experiencia de ser su ayudante me sobrepasó desde el primer día. No sé cuántos entrenadores son tan minuciosos como él. Y no hablo de Molina Basket, me refiero al baloncesto de cualquier nivel. Prepara con detalle cada partido, cada entrenamiento, cada ejercicio, como un científico que estuviese investigando la cura de una enfermedad. No puedo aprender todo lo que me gustaría de Javi porque no tengo tiempo, pero con él me quedó un mensaje claro: haz tu trabajo lo mejor posible, pon todo de tu parte para ser el mejor entrenador que puedas ser.

Los cuatro tienen en común su pasión por el baloncesto: para ellos más que un deporte, el baloncesto es un estilo de vida. Desde fuera creo que es imposible hacerse una idea de las horas que le dedican a preparar su trabajo.

También nos gustaría saber de tu pasado en el baloncesto molinense. ¿Cuál fue tu trayectoria y qué fue lo mejor y lo peor que viviste en aquella época? 

Empecé a jugar a finales del siglo XX, cuando ninguno de mis jugadores había nacido todavía. En el año 1991 sólo había un equipo federado por categoría en Molina; se hacían pruebas de selección en septiembre, acudíamos decenas de niños y sólo cogían a 12 ó 15 por categoría. En cierto sentido, éramos unos privilegiados.

Estuve seis temporadas en el ADM, hasta que me fui a Madrid a seguir estudiando.

En ese tiempo hubo momentos mejores y otros peores. Entre los malos recuerdo dos. El primero, cuando me descartaron de la Selección Murciana Cadete unos días antes del Campeonato de España. Ya había adelantado mis exámenes en el instituto y había avisado a todos mis profesores de que faltaría una semana porque me iba a jugar el campeonato. Y dos días antes me dejaron en tierra, el último descarte, el jugador número 13, que entonces era mi número. Cosas que pasan, oiga.

El segundo fue la última jugada de un partido junior contra Santomera, nuestro archienemigo en aquella época. Íbamos empatados y, en un tiempo muerto, preparamos una jugada de estrategia que salió perfecta: recibí solo en el último segundo dentro de la zona. Era imposible fallar, pero yo le pegué un ladrillazo a la parte baja del aro. Un drama. Fuimos la prórroga, pero yo seguía dando vueltas a mi fallo. Aquel día ganamos porque mis compañeros eran unos máquinas.

Entre los buenos me quedo con la clasificación para la Final Four junior. En cuartos de final, nos cruzamos con El Palmar, que había ganado todos los partidos de aquella temporada. En la ida, en el año que se estrenó el Serrerías, perdimos de siete en casa; en la vuelta, en la pista de El Palmar nos clasificamos tras forzar la prórroga en un partido en el que nos pasó de todo. Fue inolvidable. Gracias a eso, cerré mi etapa Junior de la mejor manera: disputando una Final Four en el Palacio de los Deportes de Murcia.

Entonces pensaba que sólo estaba jugando al baloncesto, pero esos años significaron mucho más. De hecho, muchos de mis mejores amigos en la actualidad fueron compañeros de equipo.

Y luego volviste a Molina para jugar en Molina Basket. ¿Cómo fue ese regreso?

Tras más de diez años viviendo fuera de Murcia, volví a Molina y Marcos Martín me convenció para que volviese a jugar en Autonómica con Molina Basket. Él había sido mi entrenador en mi última etapa de Junior; además de la relación personal, guardaba muy buen recuerdo de aquella temporada en la que llegamos a la Final Four.

Me incorporé al equipo después de Navidad. En principio, yo sólo iba a echar una mano, pero Javi Aracil se lesionó justo antes del primer partido y me tocó jugar casi cuarenta minutos. En la jugada inicial del partido, el base penetró, me dobló el balón, finté el tiro, hice volar a todos los defensores, me levanté y anoté. Oí el silbato del árbitro y celebré mi primer 2+1 después de trece años sin haber tocado un balón.

Cuando me giré para ir a la línea de tiros libres, el equipo rival estaba haciendo un contraataque. Antonio Miguel Gómez, que era el capitán de aquel equipo, me contó luego que el árbitro había señalado pasos.

A pesar de todo, el regreso mereció la pena. En mi último partido como jugador, estaba lesionado. Sin embargo, quería jugar y salí de titular. A los dos minutos, Marcos Martín me sentó porque me veía arrastrarme por la pista. Volví a la cancha en el tercer cuarto y duré treinta segundos. La rodilla me crujió en el primer salto. A falta de treinta segundos para el final, íbamos ganando de 20; Antonio Miguel le pidió a Marcos que me sacase. “A ver si mete un triple”.

Cojeando salí a jugar y me planté en la línea de tres esperando el balón de la gloria. Ni atacaba ni defendía, sólo esperaba un pase para lanzar mi último triple. Por una razón que todavía no entiendo, los rivales se pusieron a presionar a todo el campo y hacían falta al base cada vez que tocaba el balón. Sólo en la última jugada el base consiguió pasarme el balón, pero antes de que llegase a mis manos sonó la bocina de final del partido. Cojo y sin triple, así terminó mi carrera baloncestística.

Lo peor fue que luego me cogieron entre todos mis compañeros y mi mantearon en el centro de la pista. Aunque parezca raro, es uno de los recuerdos más emotivos que conservo en más de veinte años de baloncesto.

En realidad, las cosas nunca son como las imaginamos. Son mejores.

A nivel profesional, eres Doctor en Comunicación y Sociología y te licenciaste en Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid. Sin embargo, te ha sido difícil abrirte paso por esa vía. ¿Cómo está el panorama periodístico?

En este momento, el periodismo es un hobby para mí. Me divertí mucho trabajando en La Verdad y en Televisión Murciana, pero al final terminé decantándome por la docencia. A pesar de todo me encanta matar el gusanillo escribiendo crónicas de partidos para la web de nuestro club.

El trabajo de periodista es muy exigente en muchos aspectos. De momento, es sólo una afición que me sigue apasionando.

Otra de tus aficiones es el running, con varias maratones y medias-maratones a tus espaldas. ¿Qué sensaciones encuentras en este hobby en comparación con el basket?

Las carreras de fondo te vuelven un deportista humilde. Tus resultados dependen de tu esfuerzo: cuanto mejor entrenes, mejor irás en carrera.

Por otra parte, la mentalización es fundamental para alcanzar un objetivo. Si quieres correr una maratón, tienes que empezar a entrenar con varios meses de antelación. Hay que hacer mucho trabajo psicológico para mantener la motivación semana tras semana.

También aprendes a no echar la culpa a nadie de tus días malos; si las cosas no salen como esperabas, el principal responsable eres tú.

En relación a esto, tienes alguna anécdota, ¿verdad?

Tengo muchas batallitas, pero hay dos relacionadas directamente con el baloncesto. La primera vez que corrí una maratón -Madrid en 2009- no sabía qué ropa ponerme; al final decidí correr con la equipación de baloncesto que llevé en mi último partido como junior en Molina antes de irme a Madrid. La había tenido guardada en un armario doce años como si fuese una pieza de museo. En una carrera de más de 42 kilómetros es importante sentirte cómodo con lo que llevas, pero yo quería tener alguna motivación adicional. Así crucé la meta en el Parque del Retiro: con la publicidad de Sercomosa en el pecho y mi número 13 a la espalda.

Un par de años después fui a correr la Media Maratón de Lorca. La carrera coincidía con un partido del Autonómica de Molina Basket la temporada que yo era ayudante de Marcos Martín. Mi plan era terminar la carrera e incorporarme justo al inicio del partido. Sin embargo, en la línea de salida me di cuenta de que había olvidado mi mochila con ropa para la carrera. Como no había otra solución, me remangué el chándal de Molina Basket, le puse un par de imperdibles y corrí los 21 kilómetros.

Al principio era gracioso: el público hacía bromas, me preguntaban si iba a pescar,... En fin, cosas de ese tipo. A partir del kilómetro 15 se me quitaron las ganas de chistes: el chándal cada vez pesaba más por el sudor acumulado, me enfriaba las piernas y me hacía rozaduras en todos sitios.

Llegué a la meta con una pinta impresentable, pero con un tiempo muy digno. Me perdí el partido del Autonómica y los siguientes entrenamientos. De hecho, estuve una semana sin poder moverme.

Por último, queremos volver al equipo al que entrenas y que nos definas brevemente a cada uno de tus jugadores.

Lo confieso. Siento debilidad por mis jugadores. Hay días que pienso que sería difícil tener un equipo mejor. Forman un grupo excepcional y están progresando en todos los aspectos.

Siguiendo el orden de dorsal, Pablo Fernández tiene un reto muy complicado esta temporada: asumir su importancia en este equipo. En los entrenamientos le digo que tiene que machacar cuando entre a canasta; sé que no puede, pero tiene que trabajar con esa ambición, con la valentía de atreverse a hacer lo que peor te sale, con la determinación de conseguir algo muy difícil. Si continúa su evolución, quizás me dedique un mate a final de temporada.

Jota Meseguer es un jugador que me gustaría tener en todos mis equipos. Es solidario y generoso en su esfuerzo dentro de la pista. Rara vez se equivoca y entiende rápido cada situación de partido; nunca se queja y siempre trabaja duro en cada entrenamiento. Y lo mejor de todo es que juega muy bien al baloncesto.

Sergio Sarabia es un volcán. Cuando entra en erupción, da igual quién esté cerca: él se lo lleva por delante. Recuerdo pocos jugadores con un nivel de intensidad tan alto. Su evolución ha sido asombrosa: a principio de temporada parecía estar en guerra con el universo; ahora lucha de nuestro lado y hace que el equipo sea mucho más temible. Es una suerte tener a alguien así en tu equipo.

Javier Orive ha empezado este año a jugar al baloncesto y está haciendo un gran esfuerzo por asimilar en unos meses cosas que algunos de sus compañeros han tardado años en aprender. Tiene mucha ilusión por mejorar. Es muy trabajador y un tipo más duro de lo que parece, de los que se levantan rápido cuando caen al suelo.

Kiko Gálvez está destinado a ser el líder carismático del equipo. No puede evitarlo. Es una temporada especialmente complicada para él porque no es fácil asumir eso. Sin embargo, él lo está haciendo y cada vez es más consciente de la importancia que tiene para el equipo todo lo que hace. Dentro y fuera de la pista.

David Gómez se definiría a sí mismo como un jugador en constante progresión. Y luego se le escaparía la risa. Así es él. Entrena a tope cada día para pulir defectos y lo está consiguiendo: en cada partido da un paso hacia adelante. A veces, incluso un salto. Eso no evita que sea el animador del vestuario. En eso es insuperable; dentro de la pista todavía va a mejorar mucho más.

Con Adrián Barroso me pasa una cosa muy curiosa: casi nunca tengo que corregirle ni repetirle nada. Es muy aplicado en los entrenamientos e inteligente en la cancha. A pesar de ser de los más jóvenes, es el primero que grita “¡vamos!”, el que aplaude cuando el equipo lo necesita.

Javier Riquelme tiene más talento para el baloncesto del que quizás él se imagina. En cuanto sume una dosis de constancia a su trabajo, seguro que crecerá como jugador.

Por último, los mellizos Pedro y Antonio Mateo López también han debutado este año. En pocas semanas no sólo se habían integrado en el grupo, sino que se habían ganado el aprecio de sus compañeros. En algunas cosas son muy diferentes, pero en otros aspectos se parecen mucho. Por ejemplo, los dos son un ejemplo de esfuerzo, muy disciplinados, trabajadores y con un grado máximo de compromiso con el equipo. Los dos están progresando mucho y, lo más importante, tienen todavía un amplio margen de mejora.

Todos mis jugadores tienen una cosa en común: se han ganado el respeto de sus rivales, del público y el mío, pero en ocasiones son ellos los que todavía dudan de sus posibilidades. El reto de aquí a final de temporada es que adquieran más confianza en sí mismos. Es el paso que les falta a algunos para convertirse en jugadores sobresalientes.

Muchas gracias.

A usted, caballero.

 

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