12/13 octubre

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Dormimos poco. Las caras en el desayuno muestran cansancio acumulado. La lluvia aparece. Así seguirá todo este domingo que acaba de empezar.
 
 
Es el día en que las chicas de Molina Basket jugarán con y contra Irlanda en Belfast. Se dice rápido.
 
Nos miman. Vuelven a acudir puntuales a recogernos. Como cada día. Como siempre. Personas diferentes, igual de amables.
 
Al entrar al pabellón del Methody, vemos las camisetas de la selección de Irlanda. Están ahí.
 
Antes del primer partido, Breda recibe un homenaje sorpresa. El City Hall de Belfast la nombra mejor entrenadora del año. Coach of the year. No sólo de baloncesto. Así, en general. Le entrega el premio un tipo del ayuntamiento que hace un pequeño discurso.
 
Habla de ilusión, de pasión, de todo eso que es necesario para construir un club de baloncesto. Pero insiste en la palabra “dream”. La capacidad de soñar y de la fuerza de esos sueños. Tengo el día tonto y me emociona la idea.
 
Se entrega el premio y todo vuelve a la normalidad.
 
La selección de Irlanda aparece en la pista con su equipación blanca. El rival son las senior de Ulster Rockets. La entrenadora quiere buscar petos para nuestras jugadoras, pero nos ofrecemos jugar con las camisetas blancas de Molina Basket.
 
Sólo la imagen del calentamiento es para no olvidarla jamás. Allí estamos todos y podría haber sido cualquiera de las chicas. Pero son Alba, Mar y Mari Cruz quienes están ahí. Ahí.
 
Me quedo en el banquillo. No sé si como entrenador o como intérprete, pero creo que tengo que acompañarlas. La entrenadora anuncia al quinteto titular. “Mar” es el cuarto nombre que dice.
 
Realmente dice “Mara”. Intento corregir.  Le repito el nombre varias veces. Se lo deletreo. Pero sigue siendo “Mara”. Se lo perdono. Soy un tío comprensivo.
 
Empieza el partido. Mar lo borda. Es un privilegio estar allí y ver esos primeros minutos. Las rotaciones comienzan, pero la entrenadora de Irlanda no sustituye a Mar. ¿Por qué? Porque está siendo la mejor. En el primer cuarto, anota todos los puntos de la selección de Irlanda excepto dos. Un lujo. Un privilegio.
 
Alba sale a pista también en el primer período. Le insisto a la entrenadora en que ella puede jugar en cualquier puesto, que no le va a importar defenderse a quien sea. Alba, que esa noche me contará cómo se quedaba temporadas sin poder jugar al baloncesto porque no había niñas de su edad, juega ahora con la selección de Irlanda.
 
Mari Cruz sigue en el banquillo. Espera y desespera. Salen todas menos ella. En un tiempo muerto del segundo cuarto, la entrenadora me pregunta si es zurda. No entiendo nada. “¿Le importará jugar de alero por la izquierda?”. No entiendo nada, salvo que tengo que decirle que sí, que Mari Cruz jugará de extremo izquierda. De lo que sea. Sin problema.
 
La entrenadora la llama y le explica lo inexplicable. “Juegas por la izquierda”. Mari Cruz sale y juega por la izquierda. El partido siempre está igualado. Las senior de Belfast aprietan y las junior de la selección de Irlanda se atascan. Les cuesta salir de la presión.
 
La entrenadora me pregunta si Alba puede jugar de base. Le sugiero que le dé el balón a Mari Cruz. Aunque no sea zurda. Y todo vuelve a tener sentido. Incluso para la seleccionadora de Irlanda: Mari Cruz termina jugando de base los minutos decisivos.
 
El partido es cada vez más intenso entra en el último cuarto con ligera ventaja de las Ulster Rockets. La irlandesa empieza a gritar a sus jugadoras que le den el balón a Mari Cruz, que lo suba ella. La historia de la suplente que se convierte en extremo izquierdo, la extremo izquierdo que se convierte en base. No recuerdo a nadie que se haya hecho jefe tan rápido.
 
Yo estoy allí para ver la última jugada. Son momentos que sólo parecen posibles en un partido de baloncesto. Irlanda pierde de 4 y tiene la posesión. Canasta de una de las chicas irlandesas y falta personal. 2 abajo. Tiro libre. Quedan diez segundos. Falla. Irlanda coge el rebote ofensivo. Tiro desde la esquina. Falla. Irlanda vuelve a coger el rebote ofensivo. Pase a la esquina. Esta vez llegan dos defensoras a puntear. No hay opción. No hay tiro. Hay pase. A Mari Cruz. Que lanza de tres.
 
La bocina suena cuando el balón va por el aire. Como en las películas.
 
Silencio. El tiempo se para, se congela. Hasta que la pelota entra. El ruido de la red hace que el pabellón vuelva a despertar.
 
La reacción cuando se gana un partido en el último instante es igual en todos sitios. Los gritos, los abrazos entre las jugadoras, las manos en la cabeza de los que pierden, el público en pie que aplaude y sonríe. Una piña de camisetas blancas celebrándolo en mitad de la cancha, camisetas blancas de la selección de Irlanda con las de Molina Basket.
 
Se dice rápido.

 

Antes del último partido, Breda nos reúne a José Juan y a mí para decirnos que hay que elegir una MVP por equipo. Él y yo nos miramos. Es una decisión difícil. Dudamos. Breda nos ofrece consultar después del siguiente encuentro con otros entrenadores. Una segunda opinión. O tercera. Nos parece correcto.
 
 
Quince minutos antes del último partido, vemos a las chicas de la selección de Irlanda calentando. Llueve fuera. Ellas corren por los pasillos. Suben y bajan escaleras. Para ellas no es un amistoso. Se nota. En junio tienen competición y saben que se juegan un sitio en el equipo.
 
Nuestras chicas están agotadas. También se nota. La cabeza y las piernas han perdido la sintonía. Aguardan el partido como quien espera un autobús en invierno. Golpeando el suelo con los pies para que no se congelen.
 
El autobús llega puntual. Vestido de blanco y detalles verdes. Es el encuentro más raro, más rápido y más impreciso de todo el fin de semana. Lo intentamos, pero fallan las conexiones. La cabeza, las piernas, las manos. La respiración.
 
Cuando nos damos cuenta, el autobús ha pasado y seguimos sentados en la parada. Con las manos en los bolsillos y mirando al suelo.
 
Las chicas recuperan la sonrisa en cuanto pitan el final. Me alegra ver eso. Las jugadoras de Irlanda les regalan unas insignias con su bandera. Se saludan como si fuesen amigas de toda la vida.
 
La mujer de la cafetería entra en la cancha y llama a Sabela. Le ha preparado una bandeja llena de dulces. Más grande que la del día anterior. Más preparada, menos improvisada.
 
Sigue lloviendo. Nos trasladan rápido al hotel. Son las dos y media. A las cuatro tenemos la cena en el City Hall.
 
El conductor es Joe, es Charlie, es Geraldine, es Kathy, es Keira, es Ashley, es John. Es cualquiera. Pienso que es domingo por la tarde y esta gente nos hace de chófer con la mejor sonrisa. Personas diferentes, igual de amables.
 
Hay que ducharse rápido. Nos esperan en un palacio.
 
Sigue lloviendo. El ayuntamiento es un edificio de la época victoriana rodeado de césped que ocupa una manzana en el centro de Belfast. Llegamos puntuales.
 
Entramos en el recinto del City Hall. Pasamos de un guardia de seguridad a otro. Seguridad con traje y corbata. Somos los del baloncesto. Nos invitan a pasar. Nos abren las puertas. Nos acompañan. Cada paso que damos es más alucinante. Avanzamos por un palacio de mármol, vidrieras de colores, lámparas que cuelgan del techo y suelos con alfombras de lana y seda.
 
Un palacio. Como en los cuentos.
 
Al final resulta que todo es verdad.  Que hemos participado en un torneo de baloncesto en Irlanda. Que hemos jugado contra Dublín, Belfast y la selección irlandesa. Que estamos en una recepción en el City Hall.
 
Entramos en el Banqueting Hall, la sala reservada para comidas oficiales. Hay varios cuadros homenaje al Titanic en las paredes. Como en toda la ciudad. Una extraña mezcla de orgullo y tristeza.
 
Nos sentamos. Allí están todos los equipos que han jugado este fin de semana. Nuestras chicas son las más elegantes. Sin duda. Ellas se distribuyen en dos mesas. A José Juan y mí nos llevan hasta el lado opuesto del salón.
 
Nuestro sitio está con los anfitriones. Como sentarse con los recién casados en una boda. Breda me pregunta por nuestra MVP. Le pido esa segunda opinión de otras personas. Intervienen dos entrenadoras que han estado por el Methody ese fin de semana.
 
Nos ha gustado mucho la 7”. Sorpresa. No tenemos 7. Se lo explico con amabilidad, pero ellas insisten. “Sí, la 7. Mara.” No es una sorpresa. Ha competido cada minuto. Además ha tenido momentos brillantes, espléndidos. La llamen como la llamen. Le pongan el número que le pongan. No es una sorpresa, pero me hace ilusión que se lo den a ella.
 
Breda me pregunta también el nombre de la chica que ha metido el triple decisivo. Tienen un premio para la mejor canasta del torneo y en esto hay unanimidad.
 
Son detalles, pequeños detalles, pero cada uno de ellos me parece más bonito que el anterior.
 
La cena no es un gran banquete. Han preparado un buffet para que cada uno llene su plato como quiera.  Como la gente no se abalanza a repetir, lo retiran relativamente rápido. Pasamos al postre, al té y a los discursos.
 
Lo primero que hacen es darnos las gracias por venir. De nada, supongo. La lista de agradecimientos es larga. Luego entregan las medallas. Primero, como es lógico, a nuestras chicas. Después va el resto de equipos. Ese ha sido el orden todo el fin de semana.
 
Me divierte pensar que, en un momento dado, nombrarán a Mar y a Mari Cruz para darles sus galardones. Ellas no lo saben. Las posibilidades son múltiples: que las pillen comiendo el postre con la boca llena de migas de chocolate, que no se enteren, que se pongan rojas de vergüenza o todo a la vez.
 
Disfruto especialmente ese momento de espera. En un fin de semana de sorpresas, esta es la única que conozco de antemano. Un sueño. Un recuerdo.
 
Mar recoge su premio con una parada en dos tiempos: recibe el trofeo, lee el juego y vuelve a su silla. Mari Cruz opta por una puerta atrás: pie exterior, recoge premio y salida explosiva otra vez hacia su sitio.
 
Al terminar la ceremonia, voy hacia Breda. Le doy una camiseta de Molina Basket y una placa conmemorativa de nuestro ayuntamiento. Todo me parece poco.
 
Antes de salir del City Hall, el trofeo de Mari Cruz cae al suelo. Se estrella contra el único espacio sin moqueta en el palacio y se convierte en trozos de cristal.
 
Esas cosas se rompen. Otras duran para siempre.

 

Al acabar la cena en el City Hall, empieza la final del Eurobasket. España-Lituania. Las chicas quieren verlo, pero en Belfast no es tan sencillo. Hay fútbol gaélico, rugby y hurling esa misma tarde. El baloncesto se ve a través de una taquilla en un canal de pago; las páginas web españolas que lo ofrecen están censuradas por los derechos de televisión.
 
Pinta mal la cosa. Breda propone que vayamos a todos a su casa y verlo allí. Pero le explican que tendría que estar abonada al canal y eso es imposible de gestionar un domingo por la tarde. Ella no se rinde.
 
Se ofrece a llevarnos al hotel para hablar con el director y hacer que nos lo pongan en un proyector. Breda moviliza otra vez cinco coches para que nos trasladen.
 
Sigue lloviendo.
 
En el hotel, Breda lo intenta, pero es imposible. No hay forma de conectar. Desde España nos informan de que el partido va bien, que vamos ganando en el descanso.
 
A Sabela se le ocurre hacer un FaceTime con su casa: colocar un ordenador frente a la televisión de sus padres y verlo a través de una tablet. Funciona. Más o menos.
 
Su hermano Dani es nuestro cámara. Hay veces que no sabemos cómo van o si el tiro ha entrado. Pero estamos todos allí, reunidos en torno a una pantalla viendo a Pau Gasol conquistar Europa.
 
Como una familia alrededor de una chimenea.
 
Es la tercera vez que España gana el Eurobasket en pocos años. Antes esto no era así, pero ellas no lo saben. Es el tipo de cosa que aprendes a valorar cuando pasa el tiempo.
 
Salimos a cenar por el barrio. Es una zona residencial, muy tranquila. Son las ocho de la tarde. Todo está cerrando. El tipo del Subway nos apaga el letrero de “Open” en la cara. Compramos chocolatinas y Coca-Cola de color verde en una gasolinera. Cenamos hamburguesas y patatas fritas en un fish and chips donde no queda pescado.
 
Sigue lloviendo.
 
De vuelta al hotel, alguna empieza a darse cuenta de que al día siguiente regresamos a casa.
 
Son las nueve y media, pero la cafetería del hotel ya está desierta. Pronto cerrará. José Juan, Alba, Mari Cruz y yo nos sentamos en los sofás con tapicería retro de recepción.
 
Escuchamos las carreras y las risas de la planta superior. Son ellas. Son las nuestras. No hay duda. Están jugando a las cartas o al escondite o a bailar hasta caerse de espaldas sobre una mesa.
 
Es Bea, es Ascen, es María (cualquiera de las dos), es Ainhoa, es Mar, es Ángela, es Sabela. Incluso son Silvia, Elena y Lucía, aunque parezcan más calladas. Son todas porque (aunque ellas no lo saben) todavía son demasiado jóvenes.
 
Pronto dejarán de serlo y recordarán días como éstos. 
 
 
Breda viene a desayunar con nosotros el último día. Se ha comprometido a recoger nuestras maletas en el hotel, guardarlas en su coche, quedar con nosotros más tarde en el City Hall y devolvérnoslas cuando cojamos los taxis para el aeropuerto. Todo corre por su cuenta.
 
Es lunes por la mañana. Breda tiene que trabajar, pero pide permiso para ser nuestra anfitriona hasta el último momento.
 
Aparece en recepción con una montaña de camisetas de su campus de verano para las chicas. Es otro regalo.
 
Hacemos proyectos mientras nos sirven el café. Ahora sé que estoy delante de una persona que no sueña en vano. Siento que no puedo fallarle, porque ella no nos ha fallado a nosotros. Me gusta esa sensación de querer hacer posible cualquier plan.
 
Cogemos el bus hasta el City Hall. Nos hacen una pequeña visita guiada. Le explico a nuestro guía que aligere la ruta porque las chicas están cansadas, aunque en realidad están deseando ir de compras.
 
Ya no llueve. Recorremos Donnegal Place. Buscan el souvenir perfecto para familia, para amigos y para ellas mismas. Les recuerdo que Belfast es el Titanic, que la Guinness es Dublín. Tienen una hora, pero se les hace corta.
 
A la una y media, puntual como siempre, Breda nos espera con las maletas junto a dos taxis. Nos despedimos de ella. Hasta pronto, espero.

Los taxis son dos furgonetas negras con capacidad para nueve pasajeros. Me hacen pensar en el Equipo A
 
En nuestro furgón, suena música de Noel Gallagher. No es Oasis; es él en solitario, nos explica el taxista. Su voz tristona nos aleja de la ciudad. Por primera vez, salimos del centro de Belfast a la luz del día. Por primera vez, vemos algún rayo de sol. La hierba brilla con un verde reluciente. Hay vacas y ovejas. Muchas.
 
En los semáforos, vemos que el otro taxi se balancea de un lado a otro. Hay música y bailes dentro. Seguro que no están escuchando a Noel Gallagher.
 
Antes de facturar, Alba se da cuenta de que ha perdido su móvil. Seguramente esté en el furgón de Noel Gallagher. En ese punto, tenemos dos opciones: darlo por perdido o llamar a Breda. Optamos por la segunda. Y quince minutos después, el taxi vuelve al aeropuerto y Alba recupera su móvil.
 
Breda está cada vez que la necesitamos. Hasta el final.
 
Pasamos el control de seguridad sin apenas incidentes. Sólo nos confiscan un móvil, nos cachean y nos registran un par de maletas. Nada grave.

Contamos las libras que nos quedan. Guardamos los billetes y gastamos las últimas monedas comprando a la carrera chocolatinas y chicles para el viaje. Un despilfarro en miniatura.
 
El avión despega puntual y parece que todos los pasajeros están sanos. Esta vez.
 
Pongo el iPad sobre la mesita del avión y me pregunto cómo contar lo que hemos vivido. No es fácil. Me vendría bien ayuda. Entonces me doy cuenta de que todas están dormidas.
 
Dormidas. En silencio, por primera vez en cuatro días.
 
Son un grupo fantástico. (Ahora que duermen, más todavía.) En serio. Lo llevo pensando todo el fin de semana, pero no se lo he dicho a las chicas en ningún momento. Para que no se viniesen arriba. Prometo hacerlo antes de despedirme en el aeropuerto.
 
Juntas podrían ir al fin del mundo; esta vez han llegado hasta Belfast. Se dice rápido.
 
Ahora vuelven. De un viaje. De una experiencia. De una aventura. De un torneo de baloncesto. Y todo ha ido muy bien. Mejor de lo esperado. Mejor de lo soñado.
 

 

Este viaje termina ahora. Con el tiempo, los sueños se cambian por recuerdos. Recuerdos de esos que duran para siempre.


 

 

A falta de 8 minutos, los molinenses sólo ganaban por 6 puntos (41-35) pero un enorme parcial de 27-9 acabó con las esperanzas de los de la capital de llevarse el triunfo del Pabellón Serrerías.

Los de José Juan Piqueras, además de la avalancha final, vivieron sus mejores minutos en el primer cuarto. Con Ginés Cascales anotando 9 de sus 22 puntos en estos primeros diez minutos y los triples de Adrián Barroso y Fran Pérez, sumados a una defensa bastante correcta, los locales se marchaban con 10 puntos de ventaja al cambio entre cuartos (21-11).

Los bases Alberto Castellón y Fonti Capitán entraban en problemas de faltas, después de hacer un gran trabajo de desgaste con sus homólogos de Infante, que se mantenían vivos gracias a la anotación de Lechuga y Pujalte (ambos acabaron con 11 puntos). El segundo período, a pesar de estar por debajo del nivel del primero, sirvió para adquirir otros 4 puntos, llegando al descanso con 36-22, después de una canasta de Alfonso Carrillo casi sobre la bocina.

El tercer cuarto fue sin duda el peor. Ambos conjuntos ofrecieron un pobre espectáculo que acabó con 5-9 para los visitantes. Pablo de Sampedro anotó el tiro libre de una técnica sancionada a los murcianos. Poco más que apuntar sobre el cuarto. 41-31.

Y después de 12 minutos en los que el Gran Muralla MB sólo pudo anotar 5 puntos, en los 8 siguientes se desquitó con 27. Cosas del basket. Gran último cuarto de René Cadme, que guió a los suyos en esta fiesta de anotar, bien acompañado del trabajo defensivo de Ángel Romero, Jota Meseguer y José González. El resultado final fue de 68-46.

La semana que viene los nuestros visitan el Colegio Monteagudo para optar a la tercera victoria.

PARCIALES: 21-11, 15-11 (36-22), 5-9 (41-31), 27-15 (68-46).

El primer equipo masculino de Molina Basket cayó en casa ante el recién ascendido Superdumbo Maristas por 68-76. Los de Diego Paniagua casi siempre fueron a remolque en el marcador, aunque entraron con ventaja (49-45) al último cuarto.

Maristas supo sacar provecho a su juego exterior, y así, con incisivas penetraciones y una buena mano desde 6.75 fueron manteniendo la iniciativa en el luminoso durante toda la primera mitad (28-31).

El tercer cuarto fue el más rentable para los intereses molinenses. Un parcial de 21-14 remontó la desventaja. El juego interior y algunos robos de balón que derivaron en contraataques fáciles permitieron a los de Paniagua escaparse ligeramente.

A falta de 6 minutos, el Tuttocars MB seguía 2 puntos por delante, pero de ahí hasta el final los murcianos consiguieron anotar 21 puntos, algo que fue inalcanzable para los locales, que deberán pensar ya en redimirse frente a un CB Myrtia que fue capaz de sacar la victoria en la cancha de Lorca.

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Los dos equipos de Molina Basket encuadrados en el grupo D2 de la liga Cadete, el Triple L MB y el Frutos Secos Pelluz MB se enfrentaron el sábado por la tarde en el Serrerías, en la 1ª jornada de Liga.

Como mandan las normas, al haber dos equipos del mismo club en el grupo deben medirse en la primera jornada.

Aquí os dejamos las imágenes del choque:

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Los chicos que entrena Toni García consiguieron la primera victoria del año (57-39) tras ahogar al Saeco CB Molina después del descanso.

Los dos primeros cuartos sirvieron para que ambos equipos se tantearan. El partido transcurría con un ritmo bajo de anotación, ambos equipos venían de anotar 48 y 55 puntos respectivamente y parecía que el discurso no iba a ser muy diferente.

El primer período concluyó con un resultado de 10-11 favorable al equipo verde y al descanso el marcador era de 18-19. Cada canasta se celebraba con intensidad en cada banquillo, sabedores de la importancia de las mismas.

Dos triples de Kiko Gálvez tras la reanudación dieron una pequeña ventaja a los azules, que entraban con 3 puntos (33-30) a los últimos 10 minutos. Los jugadores completaron con éxito el planteamiento defensivo de Toni y ahora por primera vez podían correr. El dominio de Juan Carlos en el rebote y la visión de Felipe lanzaba a sus compañeros Paco y Sarabia al contraataque.

Un último cuarto de escándalo (24-9) desarboló por completo a la escuadra visitante y sirvió para resaltar el trabajo realizado por los jugadores del Intercon MB, que si bien no pudieron hacerse con el triunfo en la primera jornada por pequeños detalles sí que merecieron el de esta segunda.

La semana que viene, nueva oportunidad para seguir creciendo en casa del CB Cartagena. Enhorabuena a todo el equipo!!

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El Club Baloncesto Portus Magnus visitó este sábado el Pabellón Serrerías de Molina de Segura para una serie de partidos amistosos. El club almeriense de reciente creación viajó con cadetes, juniors y seniors para un total de cuatro encuentros.

Abrieron la mañana el Cadete'00 MB y sus homólogos andaluces. En un choque muy igualado, ambos equipos se repartieron cada una de las mitades. Los de J.A.Pujante llevaron la iniciativa en la primera, con muchos jugadores aportando tanto en defensa como en ataque. Tras el descanso, los chicos de Pepe Siles incrementaron su actividad defensiva hasta que en el último período se distanciaron alrededor de una decena de puntos, que fueron suficientes para que el triunfo cayese del lado naranja por 53-59.

A continuación, nuestro equipo de 1ª Autonómica se midió al Junior del Portus Magnus. El poco acierto de los molinenses, que se quedaron tan solo en 43 puntos, sumado a las numerosas imprecisiones fueron una pesada carga que no permitió casi en ningún momento estar luchando por la victoria. Así pues, los almerienses fueron justos vencedores por 43-58.

Por la tarde, los cadetes volvían a la acción, pero en este caso por parte de Molina Basket lo hacía el equipo de 2001. Los de Almería, como era de esperar, dominaron el encuentro, debido a sus mejores capacidades en muchos aspectos tanto físicos como del juego. Para los de Javi Piqueras fue un test serio antes de comenzar la liga el próximo sábado.

Y por último, se enfrentaron los dos equipos senior. El Tuttocars MB desplegó un juego coral desde el primer momento. El acierto en muchas fases del partido, el dominio del rebote y la buena lectura en el contraataque le llevó a conseguir 15 puntos de ventaja al descanso. Posteriormente esa diferencia se llegó a doblar. Los almerienses aprovecharon el último cuarto para recortar y dejar el marcador en el 74-61 definitivo. La semana que viene debut en casa en liga frente a Superdumbo Maristas (sábado 10 a las 19:00 en Serrerías).

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